Urraca by Lourdes Ortiz

Urraca by Lourdes Ortiz

Author:Lourdes Ortiz
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_history
Published: 2010-02-13T00:00:00+00:00


PARTE TERCERA

Mis más gratos momentos son aquellos

en que unido conmigo mismo

estoy

cuando estoy conmigo, de mí proviene

el sol de mi alegría

y me vuelve mi pobreza original

Al-Xustari

XIII

Bien; por fin ha sucedido. No ha sido demasiado gratificante, pero me ha traído la calma. La carne blanca y sin vello de mi monje me ha traído la huella de otros cuerpos... cuerpos que se dejan, se tocan, se olvidan, cuerpos que regresan como vapores, trayendo olores, tactos... Raimundo de Borgoña... un caballero en busca de una buena tenencia.

La habitación se encendía aquella primera vez. Yo era una niña y él era el primero, pero en tanto que promesa de matrimonio, que señora que se le entregaba... Deja, deja... No... ahí, no... Ahora. Vente conmigo, vente. Cinco veces aquella primera vez, cinco torpezas y la seguridad del premio merecido.

Raimundo... No es sencillo transcribir aquel gemido, que creo sentir ahora, cuando su cabalgar se hacía más rápido y su espalda tersa y flexible parecía que iba a quebrarse... aquel alarido que ahora vuelvo a oír tras los jadeos precipitados, asustados, del hermano Roberto, aquella garganta joven de animal en celo. Palabras pronunciadas en una lengua que yo no entendía, obscenas por su solo sonido... Una tenencia, un reino. Pero la piel blanquecina del hermano Roberto, sus ayes entrecortados y ese suspiro final que derrama todas las frustraciones contenidas y le reintegra a un sueño avergonzado, no son los de Raimundo: la pereza de sus manos casi femeninas, la largura inhábil de su miembro, su caída y su rápida recuperación para hablar de proyectos, de fronteras, tomas de posesión, conquista, cruzada.

Duerme ahora el monje a mi lado, despreocupado ya del posible castigo del abad, olvidado de culpas y excomuniones. Para él ha sido bueno y a mi me ha dejado un sabor poderoso, cargado de imágenes... No podía dirigir, sin herirle, sus tanteos de principiante; no supo complacerme, pero me siento bien, como si el deseo se hubiera alejado ya de Urraca y fuera sólo la ternura lo que esperaba de este encuentro, el dar el goce.

Los cuerpos no se cuentan... pero vuelven frases, vuelve la luz, el desgarrarse de las telas, el galope, las risas precipitadas, el juego.

Don Pedro de Lara me conocía bien y juntos fuimos dioses, ya que sólo los dioses desconocen el limite.

«Eres también él, el mozo que por las tardes ensilla mi caballo. ¿Ves cómo me has puesto? Esto que ves aquí es tu regalo..., pero tienes que implorar. Ahora eres una niñita, sólo una niñita que pide un juguete. Es tu caramelo y debes conquistarlo... Mira... Te sonríe... también él te quiere, está contento. Te espera... Vamos, acaríciale... es como un gatito mimoso que espera que le acaricies. Los caramelos pueden masticarse, pero es mejor chuparlos... Tócale, te dejo que le toques si quieres... No, no. Ahora apártate; no ha de ser para ti, todavía.»

El juego del deseo renovándose. El hermano Roberto descansa a mi lado y no precisa de artificios. Pero el deseo, yo lo sé, para que no se agote, requiere la construcción, el invento.



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